El creciente aislamiento social de adolescentes y jóvenes, que pasan largas horas encerrados en sus habitaciones, activos durante la noche y durmiendo de día, ha encendido las alertas de especialistas en salud mental ante la expansión del llamado síndrome de Hikikomori.
La psicóloga Miriam Rodríguez Menchón, profesora del Máster en Intervención Psicológica en Niños y Adolescentes de la Universidad Internacional de La Rioja, define este fenómeno como “un aislamiento social severo y extremo”, que afecta principalmente a adolescentes y adultos jóvenes.
Un fenómeno aún en debate
Aunque su impacto es cada vez más visible, el Hikikomori no está reconocido oficialmente como trastorno en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. Sin embargo, los expertos coinciden en que se trata de una manifestación de malestar psicológico profundo, en la que la persona decide aislarse voluntariamente y romper el contacto con el entorno, abandonando estudios, trabajo y vida social.
Orígenes multifactoriales
Las causas del síndrome no son únicas. Según la especialista, puede originarse en experiencias negativas como dificultades de integración social, conflictos escolares o laborales, o derivarse de otros trastornos como la ansiedad social o la depresión.
También se identifican rasgos comunes en quienes lo padecen: baja autoestima, escasas habilidades sociales, baja tolerancia al estrés y tendencia a síntomas internalizantes.
El término Hikikomori fue acuñado en 1998 por el psiquiatra japonés Tamaki Sato, y desde entonces su presencia ha trascendido Japón para convertirse en un fenómeno global.
Pandemia y tecnología: factores que influyen
Dos elementos han contribuido a su expansión en los últimos años. Por un lado, la pandemia de COVID-19, que normalizó el confinamiento y el distanciamiento social. Por otro, el uso intensivo de tecnologías digitales.
Si bien el móvil no es considerado la causa principal, sí actúa como un factor que mantiene el aislamiento. En especial, los videojuegos en línea permiten a los jóvenes suplir necesidades emocionales mediante interacción virtual, sustituyendo el contacto social real.
Señales de alerta
El aislamiento no aparece de forma repentina, sino progresiva. Entre los signos más comunes destacan:
- Permanecer largos periodos en la habitación
- Abandono de actividades académicas o laborales
- Alteración del sueño (vida nocturna activa)
- Rechazo al contacto social
Este cambio en los ritmos circadianos suele ser uno de los indicadores más evidentes.
El rol clave de la familia
Los especialistas recomiendan a padres y cuidadores evitar tanto la sobreprotección como la presión excesiva. El abordaje debe ser progresivo, fomentando pequeñas actividades fuera del hogar y acompañando al joven en su reintegración social.
Asimismo, se enfatiza la importancia de buscar ayuda profesional temprana, ya que el aislamiento prolongado puede derivar en problemas más graves como depresión o ansiedad severa.
Intervención y recuperación
El tratamiento se centra en fortalecer la autoestima, desarrollar habilidades sociales y reintroducir gradualmente al joven en el entorno. La participación en terapias individuales y grupales, junto con la mejora de hábitos como la higiene del sueño, forman parte del proceso.
Los expertos advierten que cuanto más se prolonga el aislamiento, más complejo resulta revertirlo, por lo que la detección temprana y la intervención oportuna son fundamentales para evitar consecuencias a largo plazo.
Fuente EFE.







